The Three Kings. Henry Longfellow. Poesía de Navidad. POESÍAS ESCOGIDAS EN INGLÉS.

The Three Kings, a Christmas, poem by Henry Longfellow.

three mage kings

Este mes, para comenzar el año, hemos escogido un poema de Navidad: The Three Kings.

Un poema dedicado a los Tres Reyes Magos, escrito por Herny Longfellow.

El texto en inglés de este poeta estadounidense está acompañado de la traducción en español.

Henry Longfellow

The Three Kings, a Christmas poem by Longfellow

Three Kings came riding from far away,
Melchior and Gaspar and Baltasar;
Three Wise Men out of the East were they,
And they travelled by night and they slept by day,
For their guide was a beautiful, wonderful star.

The star was so beautiful, large and clear,
That all the other stars of the sky
Became a white mist in the atmosphere,
And by this they knew that the coming was near
Of the Prince foretold in the prophecy.

Three caskets they bore on their saddle-bows,
Three caskets of gold with golden keys;
Their robes were of crimson silk with rows
Of bells and pomegranates and furbelows,
Their turbans like blossoming almond-trees.

And so the Three Kings rode into the West,
Through the dusk of the night, over hill and dell,
And sometimes they nodded with beard on breast,
And sometimes talked, as they paused to rest,
With the people they met at some wayside well.

“Of the child that is born,” said Baltasar,
“Good people, I pray you, tell us the news;
For we in the East have seen his star,
And have ridden fast, and have ridden far,
To find and worship the King of the Jews.”

And the people answered, “You ask in vain;
We know of no King but Herod the Great!”
They thought the Wise Men were men insane,
As they spurred their horses across the plain,
Like riders in haste, who cannot wait.

And when they came to Jerusalem,
Herod the Great, who had heard this thing,
Sent for the Wise Men and questioned them;
And said, “Go down unto Bethlehem,
And bring me tidings of this new king.”

So they rode away; and the star stood still,
The only one in the grey of morn;
Yes, it stopped –it stood still of its own free will,
Right over Bethlehem on the hill,
The city of David, where Christ was born.

And the Three Kings rode through the gate and the guard,
Through the silent street, till their horses turned
And neighed as they entered the great inn-yard;
But the windows were closed, and the doors were barred,
And only a light in the stable burned.

And cradled there in the scented hay,
In the air made sweet by the breath of kine,
The little child in the manger lay,
The child, that would be king one day
Of a kingdom not human, but divine.

His mother Mary of Nazareth
Sat watching beside his place of rest,
Watching the even flow of his breath,
For the joy of life and the terror of death
Were mingled together in her breast.

They laid their offerings at his feet:
The gold was their tribute to a King,
The frankincense, with its odor sweet,
Was for the Priest, the Paraclete,
The myrrh for the body’s burying.

And the mother wondered and bowed her head,
And sat as still as a statue of stone,
Her heart was troubled yet comforted,
Remembering what the Angel had said
Of an endless reign and of David’s throne.

Then the Kings rode out of the city gate,
With a clatter of hoofs in proud array;
But they went not back to Herod the Great,
For they knew his malice and feared his hate,
And returned to their homes by another way.

Los Tres Reyes Magos, por Longfellow

Tres reyes llegaron cabalgando desde muy lejos

Melchor, Gaspar y Baltasar;

Tres hombres sabios de Oriente eran ellos.

Y viajaban por la noche y dormían por el día.

Más su guía era una preciosa, maravillosa estrella.

La estrella era tan preciosa, grande y clara

Que todas las otras estrellas del cielo

Se convirtieron e una niebla blanca en la atmósfera

Y por esto ellos supieron que la llegada estaba cerca

Del príncipe predicho en la profecía.

Tres cofres llevaban en los arcos de sus sillas.

Tres cofres de oro con llaves doradas.

Sus vestiduras eran de seda carmesí con hileras

De campanas y granadas y tejones,

Sus turbantes como almendros en flor.

Y así los Tres Reyes cabalgaron al oeste

A través de la oscuridad de la noche, sobre colinas y pequeños valles

Y a veces cabeceaban con la barba sobre el pecho.

Y a veces hablaban, cuando paraban para descansar

Con la gente que encontraban en algún camino bien

“De el niño que ha nacido” dijo Baltasar.

“Buena gente, os ruego decirnos las noticias;

Para nosotros que en oriente hemos visto su estrella

Y hemos cabalgado rápido, y hemos cabalgado lejos

Para encontrar y adorar al rey de los judíos”.

Y la gente respondió “preguntas en vano;

No conocemos otro rey que Herodes el Grande”.

Pensaban que los sabios eran hombres locos

Ya que espolearon a sus caballos por el llano,

Como jinetes con prisa que no podían esperar.

Y cuando ellos llegaron a Jerusalem,

Herodes el Grande, que había oído esto,

Envió a por los sabios y les preguntaron

Dijeron “Descenderemos hasta Belén,

Y traeremos noticias del nuevo rey”.

Así que cabalgaron lejos, y la estrella se detuvo.

La única en el gris de la mañana.

Sí, paró, se detuvo por su propia voluntad

Justo sobre la colina de Belén,

La ciudad de David, donde nació Cristo.

Y los Tres Reyes cabalgaron a través de la puerta y la guardia,

A través de las calles silenciosas, hasta que sus caballos se volvieron

Y relincharon cuando entraron en el gran patio de la posada.

Pero las ventanas estaban cerradas, y las puertas estaban atrancadas

Y solo una luz ardía en el establo.

Y la cuna en el heno perfumado.

En el aire dulce hecho por el aliento de la vaca.

El crio en el pesebre yacía.

El niño, que sería rey algún día,

De un reino no humano sino divino.

Su madre, María de Nazareth,

Se sentó mirando desde al lado su lugar de descanso.

Mirando el flujo regular de su respiración.

El gozo de la vida y el terror de la muerte

Estaban mezclados en su pecho.

Pusieron sus ofrendas a sus pies.

El oro, fue su tributo para un rey.

El incienso, con su olor dulce,

Era para el sacerdote, el paráclito.

La mirra para el enterramiento del cuerpo.

Y la madre se preguntaba e inclinaba su cabeza

Y se quedó tan quieta como una estatua de piedra.

Su corazón se turbó aún confortado,

Recordando lo que el ángel había dicho

De un reinado sin fin y del trono de David.

Entonces los reyes cabalgaron fuera de la puerta de la ciudad

Con un ruido de cascos en orden orgulloso

Pero ellos no regresaron a Herodes el Grande

Porque sabían de su malicia y su odio temido.

Y regresaron a sus hogares por otro camino.

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